La sumisión no es una opción©

por | Mar 19, 2025 | 0 Comentarios

«El precio de la libertad es la vigilancia eterna.»  (Thomas Jefferson)

 

 ¿Cómo es posible que una sociedad en su conjunto asista impasible al desmantelamiento de sus propios cimientos democráticos? ¿Qué clase de hipnosis colectiva impide reaccionar ante el atropello continuo de derechos y principios que, no hace tanto, parecían inquebrantables? La respuesta es dolorosa, pero necesaria: la pasividad se ha convertido en el material que mantiene en pie la estructura del abuso. Sin la indiferencia, sin la sumisión disfrazada de paciencia, el poder no podría actuar con la impunidad con la que lo hace.

     Porque la perversión de este proceso radica en su sutileza. No es una dictadura con tanques en las calles ni una ocupación con bayonetas en cada esquina. Es una erosión paulatina y calculada de los principios democráticos, una descomposición sistemática de las instituciones, una apropiación silenciosa de los espacios que garantizan la libertad y el equilibrio de poderes. Se ha cambiado la imposición por la propaganda, la represión por el adoctrinamiento, la censura burda por la manipulación sofisticada del discurso.

     Y todo esto ocurre con la absoluta e increíble complicidad de quienes, por su posición y responsabilidad, deberían haber alzado la voz hace mucho. No se trata solo de los que dictan las normas abusivas, sino también de aquellos que, desde una oposición acomplejada, cobarde y calculadora, prefieren la comodidad de la tibieza al compromiso de la lucha. Se conforman con declamar indignación en redes sociales soltando discursos encendidos que se diluyen en la nada, con asumir un papel de figurantes en una tragedia nacional. Se sienten “realizados” formando parte, como alguien en su día calificó, del “ministerio de la oposición”

     El deterioro de una democracia no es obra exclusiva de quienes la corrompen activamente. También responsabilidad de quienes, teniéndolo todo -más de 12 millones de votos- para evitarlo, optan por la inacción porque no son capaces de activarlos. Si el abuso encuentra un cauce, es porque nadie lo desborda. Si la mentira se impone, es porque la verdad no se defiende con la contundencia necesaria. Si la sumisión se extiende, es porque el ejemplo de la valentía escasea.

     Nos han convencido de que indignarse es suficiente. Que expresar repudio en privado equivale a combatir la injusticia. Que resistir en soledad es una forma de lucha. Pero no lo es. La historia no la cambian los resignados ni los prudentes, ni mucho menos, los temerosos o acomplejados. La historia la cambian quienes, al ver tambalearse los pilares de la civilización, no se limitan a lamentarse, sino que se levantan para sostenerlos.

     Es hora de entender que la pasividad, en esta situación, es colaboración. Que el silencio es consentimiento. Que no hacer nada es permitir que todo ocurra. La libertad, la dignidad y la justicia no son abstracciones que puedan delegarse a un sistema que ya ha demostrado su perversión, degradación política e ineficacia moral. Son valores que solo sobreviven si quienes los defienden están dispuestos a enfrentarse legal y democráticamente, con toda la firmeza y contundencia posible, rompiendo el discurso oficial y desinhibiéndose del encorsetamiento al que tienen sometida a una parte de la sociedad, a quienes los destruyen.

     Y esa es la decisión ineludible que nos aguarda. Si no nos importa nuestra dignidad, nuestra moral, nuestra calidad de vida y nuestro presente, afrontémosla al menos, en memoria de quienes nos precedieron y fueron capaces de construirlo, y como una obligación con nuestros descendientes, para dejarles un mundo mejor, más justo y más libre.

     Juan A. Pellicer

     Sursum Corda (arriba los corazones)

     Marzo25

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